Antes de Adán

Antes de Adán

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Los jabalíes se lanzaban hacia el descampado. Pero mi madre se balanceaba ya sobre la copa de un árbol, en el extremo de una gruesa rama a unos cuatro metros del suelo, asido yo todavía a ella y ambos colgados, a salvo. Estaba, no obstante, muy excitada. Rugía y charloteaba, haciendo muecas de burla a la muchedumbre que debajo de nosotros se amontonaba, erizados los cabellos y rechinando los dientes. Yo también miraba, todavía tembloroso, a las bestias enfurecidas, e imitaba a mi modo los gritos de mi madre.

Contestaron desde lejos gritos semejantes, pero de entonación más grave, como el mugido de un bajo. Empezó a sonar más fuerte cada vez, y vi enseguida a mi padre que se acercaba. Al menos, por lo que puedo colegir, he llegado a la conclusión de que era mi padre.

No era un padre demasiado simpático y atractivo, como suelen serlo todos los padres. Parecía medio hombre, medio mono; pero ni hombre ni mono del todo. No encuentro modo de describirlo. Hoy no existe nada semejante, ni en la Tierra, ni bajo la Tierra, ni sobre la Tierra. Era un hombre alto para su tiempo y pesarla sus ciento treinta libras. La cara ancha y aplastada y las cejas colgadas sobre los ojos. Éstos eran pequeños, hundidos y muy juntos uno del otro. En realidad, no tenía nariz ni cosa que se le pareciera: chafada y sin puente, las fosas eran como dos agujeros sobre la cara que se abrieran hacia afuera en vez de hacia adentro.


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