Aurora esplendida

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La Vida era una embustera y una tramposa. A todos engañaba- Le había engañado a él, Burning Daylight, uno de sus más deci. didos y alegres exponentes. El no era nada. Un simple montón de nervios y de carne sensitiva, que se arrastraba por el lodo buscando oro, que soñaba y jugaba, y desaparecía.

Tan sólo las cosas sin vida tenían permanencia, las cosas sin carne, sin nervios, sin sensibilidad: la arena, el lodo, la gravilla. las planicies, las montañas, el río mismo. Bien mirado era un juego con cartas marcadas. Los que morían no ganaban y todos morían. ¿Quién ganaba? ¡Ni siquiera la Vida, el gancho, el gancho supremo del juego! ¡La Vida, el cementerio siempre floreciente, la eterna procesión fúnebre!

Por un instante, su mente volvió al momento actual, observando que el río seguía fluyendo libremente y que un pajarraco, desde la proa de la barca, lo miraba impertinentemente. Y lentamente, soíiadoramente, volvió a sus meditaciones.

No había medio de escapar del final del juego. El estaba con denado a quedarse fuera. ¿Y qué? Una y otra vez se formuló esta pregunta.


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