Aurora esplendida

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Bloques gigantescos se desmenuzaban como si fueran de arena; otros, deslizándose, saltaban en el aire como pepitas de melón comprimidas en- tre el índice y el pulgar de un niño. Al deshacerse el amontonamiento, el ruido de los bloques, al entrechocar, aumentó de inten. sidad.

Durante otra hora, la carrera de los bloques de hielo continuó, a los demás, igual qué la ardilla que le servía de alimento, igual que otros hombres a quienes había osito fracasar y morir, como Joe Hines y Henry Finn, que habían fracasado y seguramente muerto, como Elijah, en el fondo de la barca, indiferente a todo cuanto le rodeaba, con el rostro desollado.

Desde donde estaba, Daylight podía ver el río hasta el recodo, por el cual tarde o temprano aparecería el segundo deshielo- Y al mirar le parecía ver, a través del pasado, un tiempo en el que ni blancos ni indios poblaban aquella región, y también veía el Stewart, invierno tras invierno, cargado de aquel hielo, y prima- vera tras primavera rompiendo aquel hielo para luego correr sus aguas libremente. Y vió también un porvenir ilimitado, cuando las últimas generaciones de Alaska, y el río, inmutable, continuaba helándose y deshelándose eternamente.


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