Aurora esplendida
Aurora esplendida 7
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Elam Harnish se dejó caer en la silla vacante, empezó a sacar su saquito de oro en polvo y luego cambió de parecer. La Vir. gen hizo un ligero mohín; después siguió a los otros bailarines. 're traeré un emparedado, Daylight-le dijo.
El asintió con la cabeza.. Había escapado del lazo sin herir los sentimientos de la muchacha.
- Juguemos con fichas-sugirió.-Es decir, si os parece… -Conforme-contestó Hal Campbell.
- Las mías valen quinientos dólares.
- Las mías también - respondió- Harnish, mientras los otros anunciaban los valores que ponían a las suyas; Luis el Francés, el más modesto, asignó cien dólares a cada una de las suyas.
En Alaska no había a la sazón ni granujas ni jugadores de ventaja. Se jugaba honradamente, con mutua confianza. La pa. labra de un hombre valla tanto como su oro. Una ficha era una pieza oblonga de pasta, que probablemente valía un centavo; pero cuando un jugador la empleaba valuándola en quinientos dó. lares, como quinientos dólares se aceptaba, y el ganador sabía que el emisor la redimiría con el equivalente de quinientos dólares de oro en polvo pesado en la balanza.
