Aurora esplendida
Aurora esplendida 82
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El murmullo del arroyo y los canto de los pájaros venían a ser como medidas de comparación del si lencio y del reposo imponderables.
- Parece que estoy a un millón de millas de todas parles - murmuró Daylight.
Ató el caballo a un árbol y siguió a pie entre los oteros coronados de abetos centenarios y con las laderas pobladas de robles, madroños y hiedra.
Llevando el bruto de la brida, fué sorteando los obstáculos, trepando por la ladera alfombrada de helechos y sintiéndose embargado por el goce de vivir.
En la cresta dio con un estupendo macizo de madroños jóvenes, pasado el cual salió a un raso que conducía a un diminuto valle. Tuvo que detenerse a recobrar aliento, porque jadeaba del esfuerzo, cansado, y sus músculos se resentían del trabajo impuesto. La ladera estaba cubierta de lirios, nemófilas y jacintos silvestres, por entre los que el caballo se abría paso cautelosamente. Cruzando un arroyo, Daylight siguió una vereda, y al atravesar un bosque de manzanillos, un conejo saltó bajo sus pies, desapareciendo en la espesura.
