Aurora esplendida
Aurora esplendida Un domingo por la tarde, Daylight se encontró al otro lado de la bahía, en las colinas de Piedmont, detrás de Oakland. Como de costumbre, iba en un potente auto, aunque no propio, invitado por Swiftwater Bill, el niño mimado de la suerte, quien había venido de Alaska a derrochar la séptima fortuna conseguida entre los hielos. Malgastador empedernido, su último capital seguía el camino de sus antecesores. El era quien, cuando Dawson empezó a ser algo, había creado un océano de champaña, a cincuenta dólares la botella, y el mismo que con sus últimos recursos había acaparado la existencia de los huevos de la ciudad para vengarse de una Kama que le había despreciado, y ahora reaparecía dilapidando su dinero con la misma colosal indiferencia de siempre.
Era una pandilla alegre. Habían pasado un gran día y por tres veces les habían arrestado por haber viajado con exceso de ve- locidad, y la tercera vez habían raptado al oficial de tránsito que les había detenido. Temiendo que hubieran telegrafiado el hecho, habían retrocedido por las colinas siguiendo carreteras poco con, curridas y discutían ruidosamente sobre lo que harían con el policía.
- Dentro de diez minutos llegaremos a Blair Park-dijo uno de ellos.-Mira, Swiftwater, podemos echar por los atajos hasta Berkeley, retroceder a Oakland, cruzar por el transbordador enviar el coche con el chofer.
