Aventura

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De modo que él solo debía ocuparse ahora de una cosa: de claudicar ante su inocencia, sin intentar engañarse más al tratarla como mujer. Se preguntaba si sería capaz de amarla como mujer, cuando la mujer apareciese en ella, o si no prefería amarla ahora mismo, para ser él quien la despertase. En cualquier caso, ella le había ganado ya mucho tiempo a la vida, como había tenido que reconocer aquella tarde, mientras examinaba el mar con el anteojo, para ver si la encontraba en medio de la lluvia. Aquel pensamiento le recordó los libros de cuentas de Beranda y los resultados de sus cálculos, y el semblante se le oscureció nuevamente.

Al notar que ella estaba hablando, interrumpió sus meditaciones.

—Perdone. ¿Qué me estaba diciendo?

—Nunca me escucha…, ya me he dado cuenta —protestó ella—. Le decía que el Flibberty-Gibbet se encuentra en pésimas condiciones, y que mañana por la mañana, después de que le hable usted a su capitán, para que no se moleste, pienso llegar hasta él con mis hombres para repararlo. También limpiaremos el fondo, porque las planchas ya tienen unas barbas de más de un palmo de largas. Recuerde que algún día tendré que navegar en el Flibberty, aunque solo sea para escaparme en él.


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