Aventura
Aventura Regresó a casa descontento de que no se le hubiese presentado ninguna oportunidad para escarmentar a aquellos salvajes insolentes e insubordinados desde que el mal asolaba Beranda. Al contrario que otras veces, nadie se había quejado en aquella ocasión, mostrando cierta inteligencia, y lamentaba no haberlos dejado entrar la noche anterior para darles una lección acabando con dos o tres. Era él solo contra doscientos, y le aterraba el hecho de que la enfermedad le venciese, dejándolo a merced de aquellos brutos. Casi podía verlos arrasando la hacienda, saqueando el almacén, incendiando la plantación y escapando hasta Malaita. Era algo terrible imaginar su cabeza disecada al sol y ahumada, como un siniestro trofeo que marcase la entrada de alguna guarida de antropófagos. Si no aparecía la Jessie, se haría necesario un escarmiento.
En cuanto sonó la campana llamando a los negros a los trabajos del campo, apareció una visita. Desde la galería, adonde mandó que trasladasen su cama, vio las canoas movidas a remo contra la playa, y arrastradas inmediatamente tierra adentro. Cuarenta salvajes, armados con lanzas, arcos, flechas y macanas, se apiñaban al otro lado del patio, temerosos y conocedores de la ley que protege la vivienda de un blanco. Solo entró uno de ellos, avanzando hasta el pie de la escalera, y Sheldon reconoció a Seelee, el jefe de la tribu de Balesuna, a quien atendió desde lo alto, incorporado en su camastro.