Aventura

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—Sus cosas están ya en su cuarto —contestó Sheldon—. Dese prisa, que nos está esperando la comida. Deme su sombrero y su cartuchera. Permítame, solo tenemos un clavo para colgarlos, y sé muy bien dónde se encuentra.

Aceptó aquella petición con una mirada en la que asomaba algún detalle femenino, y suspiró de alivio al deshacerse del cinto.

—Ahora odiaré el revólver para el resto de mi vida —dijo quejándose—. Se me ha hincado en la carne durante el viaje. Nunca pensé que llevar un arma pudiese cansarme tanto.

Sheldon la siguió con la mirada hasta el pie de la escalera, donde la joven se giró y le dijo:

—No sabría cómo decirle lo feliz que me siento de estar nuevamente en casa.

Y sin dejar de mirarla mientras atravesaba el patio en dirección a su pequeña choza, Sheldon sintió cómo le desgarraba el corazón la idea de que Beranda y aquella choza fuesen lo único en la tierra a lo que ella pudiese llamar «su casa».

El capitán Munster, sentado y sujetando una copa de whisky mientras esperaba a Joan, le contó a Sheldon lo ocurrido.


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