Aventura
Aventura David Sheldon sabía que no dudaría en apretar el gatillo al llegar a tres, haciendo rodar por tierra a aquel hombre. Pero como tampoco el negro lo dudaba, en cuanto el hombre blanco contó uno, estiró la mano y cogió el látigo. Desde que descargó los primeros golpes, contrariado por las recriminaciones de sus compañeros, se dedicó inmediatamente a descargar la rabia que la situación le producía, aplicando el látigo con todas sus energías. Sheldon le gritaba desde la galería, mientras las víctimas del suplicio estallaban en alaridos de dolor y la sangre les brotaba de la espalda hasta encharcar el suelo. La lección quedó impresa en ese momento, con letras rojas.
Cuando todos abandonaron el patio, incluidos los azotados, David Sheldon, casi inconsciente, se dejó caer en su camastro.
—Me encuentro fatal —gimió—. Pero al menos hoy podré dormir tranquilo.