Aventura
Aventura —¡No! —gruñó el salvaje.
Sheldon cogió el rifle que se apoyaba contra la barandilla y lo cargó delante de todos.
—Te conozco muy bien, Astoa —dijo tranquilamente—. Has trabajado seis años en Queensland.
—Como misionero —le interrumpió el negro con desfachatez.
—Y pasaste un año entre rejas, también. Te detuvieron dos veces por robo. De acuerdo. Tú que has sido misionero conocerás alguna oración.
—Sé rezar —replicó el salvaje.
—Pues empieza a hacerlo; pero no tardes demasiado en tus oraciones, o no te dejaré acabarlas.
David Sheldon le apuntó con el rifle y esperó. El negro miraba a sus compañeros, pero nadie acudÃa en su ayuda, absortos en la contemplación de aquel hombre blanco que, absolutamente solo en la galerÃa, y con la muerte entre sus manos, los tenÃa maravillados.
Sheldon estaba convencido de que habÃa ganado. Astoa cambiaba el peso de su cuerpo de un pie a otro, sin decidirse a hacer nada, excepto mirar al hombre blanco, cuyos ojos brillaban fijamente clavados en el punto de mira que lo enfilaba.
—¡Astoa! —tronó, aprovechando aquel temor—. Contaré hasta tres, y después te mataré. Todo ha terminado para ti.