Aventura
Aventura Billy se ofuscó, levantó la mirada y volvió a bajarla, indeciso.
—¡Billy!
La voz del blanco resonó como un tiro de escopeta. El salvaje tembló de pies a cabeza. Aquel episodio se retrataba en la grotesca expresión de los espectadores, de los que brotaba un sordo clamor.
—Si deseas azotar a Arunga, utiliza a Tulagi —desafió Billy—. Un agente del Gobierno utiliza el látigo sin miedo porque obedece a la ley. Yo solo conozco la ley.
Sheldon lo sabía, pero deseaba sobrevivir a aquel día, y también al siguiente, sin dejarse matar, por lo que no podía esperar a que se cumpliese la ley una semana más tarde, o quizá después.
—¡Hablas demasiado! —gritó enfurecido—. ¿Qué pretendes decir con esas palabras? ¿Qué quieres decir?
—Yo solo conozco la ley —repitió el salvaje con cabezonería.
—¡Astoa!
Otro negro avanzó al frente casi de un brinco, y se quedó mirando descaradamente hacia arriba.
—Astoa, tú y Narada atad a Billy junto al otro, para que sufra el mismo castigo. Y atadlo bien fuerte —añadió—. Astoa, coge el látigo y golpéales sin la menor consideración… ¿me has oído?