Aventura
Aventura Charley seguía yendo al frente, pero no delante de todos, porque el miedo a las flechas traidoras le hacía empujar siempre a la cabeza al salvaje capturado. El sendero proseguía hacia delante, entre la humedad de la hierba y la intrincada espesura de la jungla, que hacía difícil y penosa la marcha. Estaba claro que no se encontrarían con los poblados de los salvajes hasta que llegasen a un terreno firme y despejado. Eran casi náufragos, luchando contra las altas olas de tan prodigiosa vegetación. A cada instante les cerraba el paso una muralla de árboles colosales, que trenzaban en un delirante abrazo sus gruesas y nudosas ramas, o las dejaban caer hasta el suelo como si fuesen terribles serpientes que sostuviesen una lucha titánica. Por todas partes se encontraban plantas de tallos jugosos y de hojas trasudantes mayores que un hombre. Otras veces se tropezaban con una higuera de Bengala semejante a un arrecife que rechazara aquellas olas vegetales, y tras el cual la oscuridad de la jungla se hacía densa y definitiva. Helechos, musgos y un sinfín de especies parásitas peleaban por exhibir su desarrollo de rica coloración carnosa, y el propio ambiente mostraba un irisado cendal donde, maravillosas e intangibles, se movían sombras en medio de una luz suave y prodigiosa, como polvo de gemas, que alumbraba la trémula pelusa flotante. Orquídeas de un dorado pálido y de color sangre desplegaban sus morbosos colores entre los rayos de sol que se filtraban por la rústica bóveda natural. La selva se transformaba en un silencioso sepulcro; nada se movía en ella excepto las avecillas de aleteos breves y esporádicos, sin un solo gorjeo, y con colores apagados que recordaban orquídeas aladas, y que acrecentaban el misterio.