Aventura

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—¿No se lo dije? No comprendió usted la situación. Lo que más interesa a nuestro gobierno es tratar a los negros rígidamente. La ternura está muy bien, pero no es suficiente para persuadirles de que hagan algo. Estoy de acuerdo, por supuesto, en lo que ha dicho de los hawaianos y los tahitianos. Si asegura que se les puede mandar con cariño, me lo creo, aunque yo no los conozco. Pero usted tampoco conoce a estos negros, y por eso tengo que pedirle que me crea. Son muy diferentes de esos amigos suyos. Estos negros están mucho más degradados que los africanos. Si se fija bien, encontrará que hay una verdadera diferencia. Son personas que desconocen la gratitud, la simpatía y la bondad. Si se comporta amablemente con ellos, pensarán inmediatamente que usted es tonto. Si lo hace con delicadeza, creerán que les tiene miedo. Y si alguna vez llegan a pensar que usted les tiene miedo, créame, está perdida. Para lo que le pueda servir, permita que le explique el proceso mental de un negro cuando entra en contacto con un extranjero. Su primer pensamiento es invariablemente receloso: «¿Me va a matar ese extranjero?». Cuando comprenden que no les van a matar, comienzan a hacerse preguntas cada vez más atrevidas, como: «¿Podría yo matar al extranjero?». Un buen ejemplo es el de Packard, un comerciante colonial que se estableció a unas doce millas al sur de la costa, que se vanagloriaba de mandar empleando la bondad y de no haber dado jamas un solo golpe. Lo cierto es que nadie le reconocía la menor autoridad. Solía venir a visitarnos en su bote a Hugo y a mí, y cuando sus remeros pensaban que tenían que volver, él se veía obligado a interrumpir la conversación para regresar con ellos. Me acuerdo de un domingo por la tarde, en que Packard aceptó nuestra invitación para el almuerzo. Acababa de servirse la sopa, cuando Hugo se dio cuenta de que había un negro espiándonos por la puerta. Inmediatamente se levantó y corrió hacia el intruso, que estaba violando una costumbre de Beranda, porque todo negro está obligado a avisar a un criado y a esperar en la puerta de la empalizada el permiso del dueño de la casa para poder entrar. Pues bien; aquel negro, que conocía perfectamente la costumbre y era un miembro de la tripulación de Packard, había llegado ya hasta la galería. «¿Qué deseas?», le preguntó Hugo. «Dile al blanco que hay ahí dentro que los remeros nos marchamos; y que si no viene, no esperamos. Nosotros irnos». Por toda respuesta, Hugo tomó carrerilla y le dio al negro un puñetazo tan fuerte que rodó escaleras abajo antes de llegar al patio.


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