Colmillo blanco

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De hecho, el cachorro gris no era muy dado a pensar, al menos en la forma que caracteriza al hombre. Su cerebro funcionaba de forma vaga y tenebrosa. Sin embargo, sus conclusiones eran tan claras y diferenciadas como las que consiguen los humanos. Tenía un método para aceptar las cosas, sin cuestionarse por qué ni para qué. En realidad, aquel era un acto de clasificación. Nunca le perturbaba por qué había sucedido una cosa. El que hubiese sucedido era suficiente para él. Así, después de haber tropezado varias veces con la pared, aceptó el hecho de que nunca iba a desaparecer a través de ella. De la misma forma, aceptó que su padre sí pudiera hacerlo. Pero no se sentía en absoluto perturbado por el deseo de encontrar la razón de aquella diferencia entre su padre y él. La lógica y la física no formaban parte de sus esquemas mentales.

Como la mayoría de las criaturas de las Tierras Vírgenes, muy pronto experimentó lo que era el hambre. Llegó un tiempo en el que no solo cesó el suministro de carne, sino también en el que la leche dejó de salir del pecho de su madre. Al principio, los cachorros gimieron y lloraron, pero la mayor parte del tiempo durmieron. No hubo más riñas ni roces, no hubo más pequeñas disputas ni amagos de gruñido; las aventuras hacia la lejana pared de luz cesaron también. Los cachorros durmieron mientras la vida que había en ellos vacilaba y moría.


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