Colmillo blanco

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Tuerto estaba desesperado. Recorría grandes distancias y dormía muy poco en el cubil, que se había convertido en un hogar triste y falto de cariño. La loba abandonó también a la camada y salió en busca de alimento. Durante los primeros días que siguieron al nacimiento de los cachorros, Tuerto había vuelto innumerables veces al poblado indio y había robado los conejos de las trampas; pero, con el deshielo y el renovado fluir de los ríos, el poblado indio se había mudado y aquella fuente de suministro le fue negada.

Cuando el cachorro gris revivió y sintió de nuevo el mismo interés por la lejana pared blanca, se dio cuenta de que el número de los habitantes de su mundo se había reducido. Solo le quedaba una hermana. El resto se había ido. Mientras se hacía más fuerte, se vio obligado a jugar solo, ya que su hermana no volvió a levantar la cabeza ni a moverse. El pequeño cuerpo del cachorro gris comenzó a engordar con la carne que comía; pero el alimento llegó demasiado tarde para ella. Dormía continuamente; era un diminuto esqueleto envuelto en piel en el que la llama temblorosa se extinguía poco a poco, hasta que por fin se apagó.




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