Colmillo blanco
Colmillo blanco Pero el lobezno no pensaba como los hombres. No observaba las cosas con una visión amplia. Solo tenÃa un propósito y tan solo podÃa asimilar un pensamiento o un deseo al mismo tiempo. Además de la ley de la carne, habÃa miles de diversas y más pequeñas leyes que debÃa aprender y obedecer. El mundo estaba lleno de sorpresas. El aliento de la vida estaba en él, el movimiento encadenado de sus músculos era una fuente de inagotable felicidad. Encontrar carne significaba experimentar pánicos y alegrÃas. Sus cóleras y luchas eran un placer. El mismo terror y el misterio de lo desconocido eran los alicientes de su forma de vida.
Y habÃa también momentos de descanso y satisfacciones. Tener el estómago lleno, adormilarse perezosamente bajo el sol… Tales cosas eran la recompensa a sus ardores y fatigas, y el premio se encontraba en ellas mismas. No eran más que expresiones de la vida, y la vida siempre es alegre cuando se expresa a sà misma. Asà pues, el lobezno no estaba enemistado con su entorno hostil. Estaba muy vivo, muy feliz y muy orgulloso de su existencia.