Colmillo blanco

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Veía que la ley funcionaba a su alrededor en todas partes. Él había devorado a los polluelos del ptarmigán. El halcón había devorado a la madre ptarmigán. Más tarde, cuando hubo crecido, quiso devorar al halcón. Devoró a la cría del lince. El lince madre se lo hubiera comido de no haber estado ella misma muerta y devorada. Y así funcionaba todo. La ley era vivida a su alrededor por todas las cosas vivientes y él mismo era parte y parcela de la ley. Era un predador. Su único alimento era la carne, la carne viva, que escapaba veloz ante él o que remontaba el vuelo hacia los cielos o que trepaba a los árboles o que se escondía bajo tierra o que le presentaba cara y luchaba o que invertía el juego y corría tras él.

Si el lobezno hubiera pensado como lo hacen los hombres, habría calificado la vida como un voraz apetito, y el mundo como el lugar en el que vagan multitud de apetitos persiguiendo y siendo perseguidos, cazando y siendo cazados, devorando y siendo devorados, y todo ello en la ceguera y la confusión, con violencia y desorden, un caos de gula y matanza gobernado por la suerte, la ferocidad y la casualidad en un proceso sin fin.




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