Colmillo blanco
Colmillo blanco —No hay esperanza —confesó Weedon Scott.
Se sentó en el escalón de la cabaña y miró con fijeza al conductor del trineo, quien respondió con un encogimiento de hombros que indicaba la misma falta de esperanza.
Juntos observaron a Colmillo Blanco, que, al final de la extendida cadena, erizaba el pelo y gruñía con ferocidad tratando de morder a los perros de tiro. Después de haber recibido varias y diversas lecciones de Matt, lecciones que fueron impartidas a batacazos, los perros del trineo habían aprendido a dejar a Colmillo Blanco en paz, incluso cuando se hallaban tendidos a bastante distancia y, aparentemente, sin reparar en él.
—Es un lobo y no hay forma de domesticarlo —señaló Weedon Scott.
—Oh, yo no estoy seguro de eso —objetó Matt—. Por lo poco que podemos decir de él, yo pienso que tiene mucho de perro. Pero hay una cosa que sí sé con certeza y que nadie podrá quitarme de la cabeza.
El conductor se detuvo y movió la cabeza confidencialmente hacia la montaña Moosehide.
—Vamos, no regatees con lo que sabes —dijo Scott con dureza después de esperar un tiempo considerable—. Escúpelo. ¿De qué se trata?
El conductor señaló a Colmillo Blanco con el dedo pulgar.
