Colmillo blanco

Colmillo blanco

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Colmillo Blanco desconfiaba. Algo se cernía sobre él. Había matado a un perro de aquel dios, había mordido a su compañero y ¿qué más podía esperar sino un terrible castigo? Pero a pesar de todo era indomable. Se le erizó el pelo y mostró sus dientes, sus ojos vigilantes, todo su cuerpo alerta y preparado para cualquier cosa. El dios no llevaba palo, por eso toleró que se acercara tanto. La mano del dios estaba extendida y descendía sobre su cabeza. Colmillo Blanco se fue hundiendo mientras su cuerpo se ponía en tensión cuanto más agazapado se encontraba. Allí estaba el peligro, la traición o cualquier otra maniobra. Conocía las manos de los dioses, su probada maestría, su habilidad para hacer daño. Además, también se unía su antigua antipatía a que lo tocaran. Gruñó en tono más amenazador, se agazapó todavía más, pero la mano seguía descendiendo. No quería morder la mano y se arriesgó al peligro hasta que su instinto se apoderó de él, dominándole su insaciable deseo de vida.

Weedon Scott había creído que sería lo suficientemente rápido para evitar un mordisco o un zarpazo. Pero todavía tenía que aprender la considerable rapidez de Colmillo Blanco, que atacaba con la certeza y la celeridad de una serpiente enroscada.



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