Colmillo blanco
Colmillo blanco Colmillo Blanco descendió del vapor en San Francisco. Se quedó horrorizado. En su interior, por encima de cualquier proceso de raciocinio o acto consciente, había asociado el poder con la divinidad. Jamas el hombre blanco había sido un dios tan maravilloso como entonces, cuando trotaba sobre el legamoso pavimento de San Francisco. Las cabañas de madera que había conocido habían sido sustituidas por edificios como torres. Las calles estaban atestadas de peligros: vagones, carros, automóviles, grandes y esforzados caballos que tiraban de enormes carretas y monstruosos tranvías, ululantes y estruendosos en la bruma, chirriando su insistente amenaza como los linces que había conocido en los bosques del norte.
