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5. El lobo adormecido

Fue por aquella época cuando los periódicos dedicaron mucho espacio a la huida de un convicto de la cárcel de San Quintín. Se trataba de un hombre muy violento. La deformidad había protagonizado su creación. No había nacido bien y las manos de la sociedad, que le habían modelado, no le habían ayudado. Las manos de la sociedad eran toscas y aquel hombre era una muestra sorprendente de aquella obra.

Era una bestia, una bestia humana, desde luego, pero nunca una bestia habría sido más justamente calificada de carnívora que él.

En la cárcel de San Quintín había demostrado ser incorregible. El castigo no había conseguido quebrar su espíritu. Podía morir completamente loco y luchar hasta el fin, pero no podía vivir y ser golpeado. Cuanto más ferozmente luchaba, con más dureza le trataba la sociedad, y el único efecto de aquella severidad era convertirle en una criatura más feroz. Las camisas de fuerza, la inanición, los golpes y las palizas eran tratamientos equivocados para Jim Hall; sin embargo, eran los que recibía. Eran los que había recibido desde los tiempos en que era un chaval en un barrio de San Francisco; barro blando en manos de la sociedad preparado para recibir la forma.


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