Colmillo blanco
Colmillo blanco El hombre se sentó sobre sus mantas y se agazapó. Su cuerpo estaba doblado por las caderas. Sus hombros, relajados y caídos, y su cabeza entre las rodillas, mostraban que había abandonado la lucha. De vez en cuando, levantaba el rostro para contemplar cómo descendía el fuego. El círculo de llamas y brasas se estaba rompiendo y había ya zonas en las que se habían producido entradas. Estas aberturas se hicieron cada vez más grandes y los segmentos en llamas disminuyeron.
—Supongo que vendréis en cualquier momento —murmuró—. De todas formas, yo me voy a dormir.
Por fin, se despertó y en una de las entradas del círculo, directamente frente a él, vio a la loba, que le observaba.
Volvió a despertarse un poco más tarde, aunque a él le parecieron horas. Se había producido un misterioso cambio, tan misterioso que se despabiló más de lo que estaba. Algo había sucedido. Al principio no lo pudo entender y luego lo descubrió. Los lobos se habían marchado. Tan solo quedaba la nieve revuelta que mostraba hasta dónde se habían acercado a él. El sueño volvió a apoderarse de él y a arrastrarle, y su cabeza estaba cayendo sobre sus rodillas, cuando se despertó con sobresalto.