Colmillo blanco
Colmillo blanco Comenzó a trabajar en una nueva idea que se le había ocurrido. Desplegó una serie de hogueras en círculo y dentro de aquella circunferencia se acurrucó con el equipo que tenía para dormir bajo su cuerpo y protegiéndose así de la nieve. Cuando desapareció de aquella forma detrás de las llamas, la manada entera se acercó con curiosidad al borde del fuego para ver qué había pasado con él. A partir de entonces, les fue imposible traspasar la barrera y se establecieron en un círculo al acecho, como hacen muchos perros, parpadeando y estirando sus delgados cuerpos ante aquel calor al que no estaban acostumbrados. Entonces, la loba se sentó, señaló con la punta de la nariz a una estrella y comenzó a aullar. Uno a uno, los lobos se unieron a ella, hasta que la manada entera, en cuartos traseros, con los hocicos señalando al cielo, aulló el grito del hambre.
El amanecer llegó y con él la luz del día. El fuego ardía bajo. El combustible se había agotado y había necesidad de hacerse con más cantidad. El hombre intentó salir de su círculo de hogueras, pero los lobos salieron a su encuentro. Las ascuas ardientes les hicieron apartarse, pero no retirarse. Cuando se dio por vencido y se volvió dando traspiés al interior del círculo, un lobo saltó sobre él, falló y fue a caer a cuatro patas sobre las brasas. Gritó de terror y al mismo tiempo gimió y se apresuró a poner las patas sobre la nieve.