Colmillo blanco

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Pero aquello no podía durar mucho. Su rostro se estaba quemando, sus cejas y sus pestañas habían desaparecido y el calor comenzaba a hacerse insoportable a sus pies. Con un puñado de brasas en ambas manos, saltó al borde del fuego. Los lobos comenzaron a retirarse. Por todos sitios, allí donde cayeran las ascuas la nieve se derretía y, cada poco tiempo, uno de los lobos que se retiraba, con un salto salvaje, un bufido y un gemido, anunciaba que se había tropezado con una de aquellas brasas.

Arrojando las ascuas a sus enemigos más cercanos, el hombre lanzó a la nieve sus manoplas, que se habían quemado lentamente, y pateó con fuerza el suelo para enfriar sus pies. Había perdido a sus dos perros y, como sabía bien, no había sido más que un refrigerio dentro de la prolongada comida que había comenzado hacía días con Gordito y cuyo último plato sería, probablemente, él mismo en los días que quedaban.

—¡Todavía no me cogeréis! —gritó, sacudiendo de forma salvaje el puño en dirección a las bestias hambrientas; y con el sonido de su voz, el círculo entero se agitó, se produjo un gemido general y la loba se deslizó cerca de él hacia la nieve y le miró con ansiosa tristeza.


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