Colmillo blanco
Colmillo blanco Todo sucedió a un mismo tiempo, el golpe, el contragolpe, el grito de agonía del puerco espín, el chillido de dolor y sorpresa del gran gato. Tuerto se había medio incorporado ante la excitación, con las orejas hacia arriba, la cola tiesa y temblona. El lince hembra perdió la paciencia. Saltó de forma salvaje sobre lo que le había hecho tanto daño; pero el puerco espín, chillando y gruñendo, tratando por todos los medios de volver a enrollar su malherido cuerpo, volvió a mover la cola otra vez, y de nuevo el gran gato chilló de dolor y de asombro. Entonces, se retiró hacia atrás estornudando, con el hocico erizado de púas como un monstruoso alfiletero. Se frotó el hocico con las patas, tratando de que los ardientes dardos cayeran; lo hundió en la nieve y se lo restregó contra las ramas, mientras saltaba sin parar, hacia delante, hacia los lados, arriba y abajo, en un frenesí de dolor y pánico.
Estornudaba continuamente y el corto cabo que tenía por cola se agitaba en rápidos y violentos movimientos. Abandonó sus payasadas y se quedó quieta durante un minuto. Tuerto observaba y casi no pudo reprimir un estremecimiento y un súbito erizamiento del pelo a lo largo de su lomo, cuando ella saltó súbitamente y sin previo aviso por el aire, al tiempo que emitía un largo y terrorífico grito. Luego se alejó, con la cola erguida, gritando a cada salto que daba.