Colmillo blanco
Colmillo blanco Hasta que sus gritos no se perdieron en la distancia y desaparecieron, Tuerto no se atrevió a avanzar. Caminaba con sumo cuidado, como si la nieve fuera una alfombra con espinas de puerco espín preparadas para atravesar las suaves palmas de sus patas. El puerco espín recibió su acercamiento con un grito furioso y un rechinar de sus largos dientes. Había conseguido volver a enrollarse como una pelota de nuevo, pero no de forma tan compacta como la anterior; sus músculos estaban demasiado malheridos. Le había desgarrado casi por la mitad y todavía sangraba profusamente.
Tuerto mordisqueó la nieve empapada en sangre, la masticó, la saboreó y la tragó. Aquello le servía de alivio, ya que su hambre se había intensificado; pero era demasiado viejo como para olvidarse de tomar precauciones. Esperó. Se sentó y esperó, mientras al puerco espín le rechinaban los dientes y profería gruñidos, sollozos y de vez en cuando algún agudo chillido. Durante cierto tiempo, Tuerto advirtió que las púas se le estaban cayendo y que se había apoderado de él un gran temblor. El temblor desapareció de súbito. Se produjo un último temblor de sus largos dientes. Luego, todas las púas cayeron, el cuerpo se relajó y no se movió más.