Colmillo blanco
Colmillo blanco Con la pata nerviosa y encogida, Tuerto estiró al puerco espín en toda su longitud y lo colocó sobre el lomo. Nada había sucedido. Estaba muerto con toda seguridad. Lo contempló con intensidad durante unos instantes y luego lo cogió entre sus dientes con cuidado e inició su camino río abajo, mitad cargando, mitad arrastrando al puerco espín, con la cabeza vuelta hacia un lado para no tropezar con la masa llena de púas. Recordó algo, soltó su carga y volvió al lugar en el que había dejado el ptarmigán. No lo dudó ni un instante. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer y lo hizo devorándolo. Luego regresó y recogió su carga.
Cuando arrastró el fruto de su día de caza en la caverna, la loba lo inspeccionó, volvió el hocico hacia él y le lamió suavemente en el pescuezo. Pero un momento después le apartaba de los cachorros con un gruñido menos áspero de lo habitual, en el que había más una disculpa que una amenaza. Su miedo instintivo al padre de su progenie comenzaba a desaparecer. Él se estaba comportando como un lobo padre debía hacerlo y no manifestaba el deseo funesto de devorar a las jóvenes vidas que ella había traído al mundo.