El crucero del Dazzler

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La señorita Wilson se dirigía a la clase en general, pero tenía los ojos fijos en Joe. Precisamente cuando ya la punta estaba todo lo fina posible, se rompió, y Joe comenzó de nuevo.

—Me parece, Joe, que está usted molestando a la clase —dijo la profesora, desesperada.

Dejó el lápiz encima de la mesa, cerró el cortaplumas con un crujido y volvió a fijar, desconcertado, los ojos en la pizarra. ¿Qué sabía él acerca de Dracón, o de Solón, o de los demás griegos? Le suspenderían: he aquí todo. No era necesario ver las otras preguntas; aunque supiese dos o tres contestaciones, no valía la pena escribirlas. Nada podría evitar el fracaso. Además, el brazo le dolía demasiado para escribir. Si miraba a la pizarra, le hacían daño los ojos y hasta cuando los tenía cerrados le dolían; y creyó positivamente que le perjudicaría el pensar.

Así, pues, las cuarenta y nueve plumas rasgueaban a cual mejor en pos de la señorita Wilson, quien cubría la pizarra con preguntas y más preguntas; y él escuchaba el rasguear, y viendo aumentar las preguntas bajo la tiza de la profesora se sentía verdaderamente desdichado. Le parecía que la cabeza le daba vueltas. Le dolía por dentro y por fuera, y creyó haber perdido por completo la noción de las cosas.


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