El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler Y por miedo a que le hiciesen hablar más, volvió la espalda a sus asombrados compañeros y se marchó corriendo. Se dirigió a casa y subió a su cuarto donde en seguida se puso a ordenar sus cosas. Colgó el traje que llevaba y lo cambió por otro más viejo. Eligió dos juegos de ropa interior, un par de camisas de algodón y media docena de pares de calcetines. Añadió otros tantos pañuelos de bolsillo, un peine y un cepillo de dientes.
Cuando lo tuvo envuelto en fuerte papel de embalar, lo contempló satisfecho. Luego se dirigió a su escritorio, y de un cajoncito interior: cogió sus ahorros de algunos meses, que ascendían a varios dólares. Esta suma la había guardado para el día 4 de julio, pero la introdujo en el bolsillo sin sentir apenas remordimiento. Después tomó de la mesa un pliego de papel y se sentó a escribir:
«No os preocupéis por mí. Soy un fracasado y voy a embarcarme. No os atormentéis. Estoy bien y puedo bastarme a mí mismo. Algún día volveré, y entonces estaréis orgullosos de mí. Adiós, papá, mamá y Bessie. JOE».
Lo dejó encima de la mesa, donde pudiese ser visto fácilmente. Cogió el paquete bajo el brazo y, con una última mirada de despedida a la habitación, salió de puntillas.