El Hijo del lobo
El Hijo del lobo Por fin, una noche, cuando creyó que el momento podía estar ya maduro, abandonó abruptamente la humeante morada del jefe y se apresuró hacia la tienda vecina. Como era usual, ella estaba sentada con las indias y las muchachas solteras alrededor, todas dedicadas a la costura de mocasines y trabajos de punto. Rieron y chismorrearon ante su entrada, lo que hizo que Zarinska se sintiera ligada fuertemente a él. Una tras otra, ellas fueron expulsadas a la nieve exterior, luego de lo cual se apuraron a esparcir el cuento a través de todo el campamento.
La causa del hombre fue bien argumentada en la lengua de ella —porque la joven no conocía la suya— y al cabo de dos horas ella se levantó para ir con él.
—¿Así que Zarinska vendrá a la tienda del Hombre Blanco? ¡Bien! Yo iré ahora a hablar con tu padre, para que él no esté tan preocupado. Y le daré muchos presentes; pero él no debe preguntar demasiado. ¿Si él dice que no? ¡Bien! Zarinska vendrá, aun así, a la tienda del Hombre Blanco.