El Lobo de mar

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CAPITULO XIII

Durante tres días ejecuté mi trabajo juntamente con el de Thomas Mugridge, y puedo jactarme de haberlo hecho bien. Sé que mereció la aprobación de Wolf Larsen, en tanto que los marineros estaban radiantes de satisfacción en el breve espacio que duró mi «régimen».

—El primer bocado limpio que como desde que estoy a bordo —me dijo Harrison en la puerta de la cocina cuando volvía del castillo de proa con las ollas y cacerolas—. La comida de Tommy siempre sabe a grasa, a grasa rancia, y calculo que no se ha mudado la camisa desde que salió de San Francisco.

—Yo tengo la seguridad —respondí.

—Apostaría que duerme con ella —añadió Harrison.

—Y no perderías —convine con él—. La misma camisa y sin quitársela una sola vez en todo este tiempo.

Pero Wolf Larsen no le concedió sino tres días para reponerse de los efectos de la paliza. Pues al cuarto, a pesar de estar dolorido y derrengado y casi sin poder ver, tan hinchados tenía los ojos, fue arrancado de la cama de un tirón en el pescuezo y restituido a sus obligaciones. Lloró y gimoteó, pero Wolf Larsen era inconmovible.


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