El Lobo de mar
El Lobo de mar Había comenzado a darme cuenta del escaso valor que siempre había atribuido a la mujer. En cuanto a eso, a pesar de no ser un temperamento erótico, por lo que he podido comprender, yo nunca había salido de la atmósfera de las mujeres hasta ahora. Mi madre y mis hermanas estaban conmigo y yo trataba siempre de huir de ellas, porque con su solicitud, sus cuidados y sus incursiones periódicas en mis habitaciones me fastidiaban y me volvían loco, después de las cuales la ordenada confusión, de la que estaba yo tan orgulloso, se convertía en una confusión mayor y menos ordenada, aunque tuviese mejor aspecto. Después que ellas salían, nunca podía encontrar nada. Pero ahora, ¡cuánto no hubiese agradecido sentirlas cerca de mí, oír el frufrú de sus vestidos, que tan cordialmente había detestado! Tengo la seguridad de que, si alguna vez vuelvo a casa, no me mostraré irascible con ellas. Podrán cuidarme y atenderme de la mañana a la noche, y limpiar, barrer y ordenar mis habitaciones en todo momento del día, y no haré sino reclinarme, contemplarlas y dar las gracias sin cesar por tener una madre y varias hermanas.
