El Lobo de mar

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CAPITULO XV

Cuando los hombres que estaban al pie de la escalera lograron levantarse, comenzaron a jurar, a maldecir.

—Encended una luz, tengo el pulgar descoyuntado —decía uno de ellos, Parsons, un hombre moreno y silencioso, timonel del bote de Standish, del cual Harrison era remero.

—Lo encontrarás brincando por el poste de amarras —repuso Leach, sentándose en el borde de la cama en que estaba yo oculto.

Se oyeron tanteos y raspar de cerillas, y la lámpara turbia y ahumada volvió a alumbrar, y a su luz indecisa se agitaban hombres con las piernas desnudas curándose las contusiones y las heridas. Oofty-Oofty se había apoderado del pulgar de Parsons, tirando de él con fuerza y volviéndolo al sitio. Al mismo tiempo noté que los nudillos del kanaka estaban desollados hasta el hueso. Los exhibía, mostrando al hacerlo los hermosos dientes blancos en una mueca y explicando que se había producido aquella herida golpeando a Wolf Larsen en la boca.

—Entonces, ¿fuiste tú, negro miserable?, preguntó en tono belicoso uno llamado Kelly, irlandés-americano, albino y remero de Kerfoot, que se embarcaba por primera vez.


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