El Lobo de mar
El Lobo de mar Aunque parezca extraño, a despecho de los presentimientos de todos, no ocurrió nada digno de mención en el Ghost. Corríamos en dirección Noroeste, hasta que divisamos la costa japonesa y encontramos el gran rebaño de focas. Viniendo de algún lugar remoto del ilimitado Pacífico, se dirigían en su emigración anual a los lugares remotos donde se reproducían. Nosotros las seguíamos en la misma dirección, matando y destruyendo, tirando los esqueletos a pedazos a los tiburones y salando las pieles que más tarde pudieran adornar los bellos hombros de las mujeres de las ciudades.
Era una matanza loca, y todo por la mujer. Ningún hombre comía carne o aceite de foca. Tras un día afortunado, he visto las cubiertas llenas de pieles y cuerpos, resbaladizas por la sangre y la grasa que chorreaba por los imbornales. Salpicados de rojo los mástiles, las cuerdas y las barandillas, y los hombres con los brazos y manos desnudos y ensangrentados, ocupados en el penoso trabajo de separar con sus cuchillos las pieles de los cuerpos de los hermosos animales marinos que habían cazado.
