El Lobo de mar

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CAPITULO XVIII

Al día siguiente, en tanto amainaba el temporal, Wolf Larsen y yo nos atracamos de anatomía y cirugía y le arreglamos las costillas a Mugridge. Después, cuando calmó la tormenta, recorrimos en todas direcciones la región del océano donde nos había sorprendido el mal tiempo, siempre con tendencia a Poniente, mientras se procedía a arreglar los botes y se hacían y ajustaban velas nuevas. Vimos y abordamos buen número de goletas dedicadas asimismo a la caza de focas, muchas de las cuales iban en busca de sus botes perdidos, y otras llevaban a bordo botes y tripulantes de otras embarcaciones que habían recogido, pues el grueso de la flota había estado más a Occidente, y los botes, esparcidos en todas direcciones, habían huido desesperados buscando el refugio más próximo.

A bordo del Cisco hallamos dos de nuestros botes con todos sus hombres a salvo, y con gran contento de Wolf Larsen y disgusto mío recogimos a Smoke, Nilson y Leach, del San Diego. Así, que al cabo de cinco días sólo nos faltaban cuatro hombres —Henderson, Holyoak, Williams y Kelly— y cazábamos de nuevo en los flancos del rebaño.



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