El Lobo de mar
El Lobo de mar Cuando subà a cubierta, el Ghost corrÃa inclinado sobre babor y atajando por barlovento a una cebadera conocida que abarloaba en nuestra dirección. Todos los hombres estaban allà porque comprendÃan que ocurrirÃa algo cuando Leach y Johnson subieran a bordo.
Eran las cuatro. Louis viró a popa para relevar al timonel; la atmósfera estaba húmeda y noté que se habÃa puesto el impermeable.
—¿Qué tendremos? —le pregunté.
—Una pequeña tormenta, señor —respondió—, con una rociada suficiente para mojarnos las agallas y nada más.
—Siento que les hayamos encontrado —dije, cuando una gran ola desvió la proa de un punto y el bote saltó a la altura de los foques, ofreciéndose a nuestra vista.
Louis repuso, temporizando:
—Creo que nunca hubiesen llegado a tierra, señor.
—¿Te parece? —pregunté.
—¿No ve usted eso? —una ráfaga habÃa cogido a la goleta, y Louis tuvo que hacer girar el timón rápidamente para mantenerla fuera del viento—. De aquà a media hora no quedará a flote ni una sola de estas cáscaras de huevo. Para ellos ha sido una suerte que estuviéramos aquà y que podamos recogerles.
