El Lobo de mar
El Lobo de mar Ya sabÃa yo de qué se trataba cuando la vi llegar hacia mÃ. La habÃa visto hablar seriamente por espacio de diez minutos con el maquinista y ahora, haciéndole seña de que callara, la conduje adonde el timonel no pudiese oÃrla. Estaba pálida y preocupada; sus ojos, más grandes que de costumbre por la resolución que habÃa en ellos, se clavaron penetrantes en los mÃos. Me sentà un poco intimidado y receloso, pues venÃa a explorar el alma de Humphrey van Weyden, y Humphrey van Weyden no tenÃa de qué enorgullecerse, particularmente desde su llegada a bordo del Ghost.
Anduvimos hasta la escala de la toldilla, donde se volvió y se encaró conmigo. Miré en derredor para cerciorarme de que nadie escuchaba.
—¿Qué pasa? —le pregunté dulcemente; pero la expresión decidida de su semblante no cambió.
—He podido comprender fácilmente —empezó— que el asunto de esta mañana fue todo lo más un accidente; pero he hablado con mÃster Haskins. Me ha dicho que el dÃa que fuimos rescatados, mientras yo me encontraba en la cabina, fueron ahogados dos hombres, ahogados deliberadamente, asesinados.
En su voz habÃa una pregunta; me miraba acusadora, como si yo fuese culpable del hecho, al menos en parte.
—El informe es completamente cierto —contesté—. Los dos hombres fueron asesinados.
