El Lobo de mar

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CAPITULO XXII

Ya sabía yo de qué se trataba cuando la vi llegar hacia mí. La había visto hablar seriamente por espacio de diez minutos con el maquinista y ahora, haciéndole seña de que callara, la conduje adonde el timonel no pudiese oírla. Estaba pálida y preocupada; sus ojos, más grandes que de costumbre por la resolución que había en ellos, se clavaron penetrantes en los míos. Me sentí un poco intimidado y receloso, pues venía a explorar el alma de Humphrey van Weyden, y Humphrey van Weyden no tenía de qué enorgullecerse, particularmente desde su llegada a bordo del Ghost.

Anduvimos hasta la escala de la toldilla, donde se volvió y se encaró conmigo. Miré en derredor para cerciorarme de que nadie escuchaba.

—¿Qué pasa? —le pregunté dulcemente; pero la expresión decidida de su semblante no cambió.

—He podido comprender fácilmente —empezó— que el asunto de esta mañana fue todo lo más un accidente; pero he hablado con míster Haskins. Me ha dicho que el día que fuimos rescatados, mientras yo me encontraba en la cabina, fueron ahogados dos hombres, ahogados deliberadamente, asesinados.

En su voz había una pregunta; me miraba acusadora, como si yo fuese culpable del hecho, al menos en parte.

—El informe es completamente cierto —contesté—. Los dos hombres fueron asesinados.


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