El Lobo de mar

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CAPITULO XXIV

Entre los recuerdos más intensos de mi existencia se cuentan los de los acontecimientos ocurridos en el Ghost durante las cuarenta horas que sucedieron al descubrimiento de mi amor por Maud Brewster.

Empezaré anotando que a la hora de comer, Wolf Larsen hizo saber a los cazadores que en adelante comerían en la bodega. Esto era una cosa sin precedentes en las goletas dedicadas a la caza de focas, donde es costumbre considerar a los cazadores como oficiales, fuera de los asuntos de servicio. No adujo razones, pero el motivo era sobradamente obvio: Horner y Smoke se habían permitido, en broma, dirigir una galantería a Maud Brewster, inofensiva para ella, pero que a él debió resultarle desagradable.

El anuncio fue recibido con un silencio hosco, y los otros cuatro cazadores miraron significativamente a los dos que habían sido la causa de su destierro. Jock Horner, reposado como de ordinario, no hizo el menor gesto; en cambio, la frente de Smoke se ensombreció con una oleada de sangre y abrió a medias la boca para hablar. Wolf Larsen se le quedó mirando con el brillo acerado de sus ojos, pero Smoke volvió a cerrar la boca sin haber dicho nada.

—¿Tienes algo que decir? —le preguntó, agresivo.

Era un desafío, y Smoke no lo quiso aceptar.


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