El Lobo de mar

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CAPITULO XXV

—¿Ha estado usted en la cubierta, míster Van Weyden? —dijo Wolf Larsen a la mañana siguiente, a la hora del desayuno—. ¿Cómo se presentan las cosas?

—Bastante claras —contesté, contemplando la luz del sol que se derramaba por la puerta de la escalera—. Suave brisa de Poniente, con la promesa de arreciar, si son exactas las predicciones de Louis.

Movió la cabeza, complacido.

—¿Hay señales de niebla?

—En el Norte y Noroeste se divisan masas tupidas.

Volvió a mover la cabeza, mostrando aún mayor satisfacción que antes.

—¿Qué me dice del Macedonia?

—No se ha visto —respondí.

Hubiese jurado que al oírlo desapareció la alegría de su semblante, pero yo no podía concebir la causa de su contrariedad.

No tardaría en conocerla.

—¡Humo a la vista! —gritaron desde cubierta, y su rostro se iluminó.

—¡Bien! —exclamó, y al instante se levantó de la mesa para dirigirse a cubierta y a la bodega, donde los cazadores se desayunaban por primera vez después de su destierro.


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