El Lobo de mar
El Lobo de mar Wolf Larsen dejó de jurar tan súbitamente como habÃa comenzado. Volvió a encender el cigarro y miró a su alrededor. Sus ojos se fijaron por casualidad en el cocinero.
—¿Qué pasa? —dijo con una amabilidad acerada y frÃa.
—SÃ, señor —contestó presuroso el cocinero, tratando de calmarle y disculparse servilmente.
—¿No te parece que ya has estirado bastante el cuello? Es malsano, ¿sabes? El segundo ha muerto, y no permito perderte a ti también. Tienes que cuidar mucho de tu salud, ¿entiendes?
La última palabra contrastaba notablemente con el tono de las frases anteriores y herÃa como un latigazo. El cocinero quedó anonadado.
—SÃ, señor —respondió humildemente, al mismo tiempo que desaparecÃa en la cocina la cabeza delincuente.
Ante esta ligera repulsa, que sólo se habÃa dirigido al cocinero, el resto de la tripulación quedó indiferente y se ocupó en distintas tareas. Sin embargo, unos cuantos hombres que haraganeaban aparte entre la escotilla y la cocina y que no tenÃan aspecto de marineros, continuaron hablando en voz baja entre ellos. Más tarde supe que eran los cazadores, los que mataban a las focas, y que formaban una casta superior a la de los vulgares marineros.
