El Lobo de mar
El Lobo de mar Amaneció el dÃa gris y frÃo. Empujaba el bote una brisa fresca, y la brújula indicaba que nos hallábamos en la ruta que debÃa conducirnos al Japón. Con todo y llevar gruesos mitones, tenÃa los dedos helados y me dolÃan al empuñar la caña del timón. En los pies me atormentaba la mordedura del frÃo y deseaba fervorosamente que saliera el sol.
Maud se hallaba acostada en el fondo del bote, delante de mÃ. Ella, al menos, iba envuelta en buenas mantas. Con la de encima le habÃa cubierto la cara para resguardarla del frÃo de la noche, asà que no podÃa ver de ella sino los vagos contornos de su silueta y el cabello castaño que, al escaparse de las ropas que la tapaban, brillaban con la humedad de la atmósfera.
La contemplé largamente, deteniéndome en la única parte visible de su persona como sólo puede hacerlo un hombre que la juzga lo más precioso del mundo. Tan insistente era mi mirada, que al fin rebulló bajo las mantas, apartó el pliegue que le cubrÃa la cara y me sonrió con los ojos todavÃa cargados de sueño.
—Buenos dÃas, mÃster Van Weyden —dijo—. ¿Ha visto usted tierra ya?
—No —respond×, pero nos aproximamos a ella a una velocidad de seis millas por hora.
Hizo un gesto de contrariedad.
