El Lobo de mar

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CAPITULO XXVII

Amaneció el día gris y frío. Empujaba el bote una brisa fresca, y la brújula indicaba que nos hallábamos en la ruta que debía conducirnos al Japón. Con todo y llevar gruesos mitones, tenía los dedos helados y me dolían al empuñar la caña del timón. En los pies me atormentaba la mordedura del frío y deseaba fervorosamente que saliera el sol.

Maud se hallaba acostada en el fondo del bote, delante de mí. Ella, al menos, iba envuelta en buenas mantas. Con la de encima le había cubierto la cara para resguardarla del frío de la noche, así que no podía ver de ella sino los vagos contornos de su silueta y el cabello castaño que, al escaparse de las ropas que la tapaban, brillaban con la humedad de la atmósfera.

La contemplé largamente, deteniéndome en la única parte visible de su persona como sólo puede hacerlo un hombre que la juzga lo más precioso del mundo. Tan insistente era mi mirada, que al fin rebulló bajo las mantas, apartó el pliegue que le cubría la cara y me sonrió con los ojos todavía cargados de sueño.

—Buenos días, míster Van Weyden —dijo—. ¿Ha visto usted tierra ya?

—No —respondí—, pero nos aproximamos a ella a una velocidad de seis millas por hora.

Hizo un gesto de contrariedad.


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