El Lobo de mar
El Lobo de mar HabĂa descargado el bote y transportado su contenido a lo más elevado de la playa, donde me propuse montar una tienda. EncontrĂ© trozos de leña acarreados por el mar, aunque no mucha, y esto y la vista de una cafetera que habĂa cogido de la despensa del Ghost me habĂa sugerido la idea de encender fuego.
—¡No hay cerillas! —exclamé desesperado—. No traje una sola cerilla, y ahora no tendremos café, ni sopa, ni té, ni nada.
—¿No fue Crusoe quién frotó un madero con otro? —balbuceó ella.
—Pero he leĂdo las narraciones de unos veinte náufragos que lo intentaron en vano —respondĂ.
—Está bien —dijo Maud—; pero asà como hemos podido hasta ahora prescindir de estas cosas, no hay ninguna razón para que no podamos seguir pasando sin ellas.
—¡Piense en el cafĂ©! —grité—. Además, sĂ© que es bueno. Lo cogĂ del camarote de Wolf Larsen. Y fĂjese en esta leña tan rica.
Tuve que resignarme, y me dispuse a montar con la vela del bote una tienda para Maud.
—Tan pronto como ceda el viento —dije a Maud—, pienso salir con el bote para explorar la isla. En algún sitio ha de haber hombres. Algún Gobierno debe proteger a todas esas focas. Pero antes de partir, quiero que esté usted bien instalada.
