El Lobo de mar

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CAPITULO XXX

No es de extrañar que la llamáramos Endeavour Island. Durante dos semanas nos afanamos en la construcción de una cabaña. Maud insistió en ayudarme, y la vista de sus manos contusas y ensangrentadas me daba ganas de llorar; y sin embargo, yo me sentía orgulloso de ella a causa de esto precisamente. Era verdaderamente heroica la manera con que esta mujer tan distinguida soportaba aquellos terribles sufrimientos y contribuía con su esfuerzo a realizar tan ruda labor. Ella recogió muchas de las piedras con que construí las paredes de la cabaña, y cuando me empeñaba yo en que desistiera, se hacia la sorda a mis súplicas. Después tomó a su cargo trabajos más ligeros, tales como guisar y buscar leña y musgo para el invierno.

Las paredes de la cabaña crecían sin dificultad y todo fue bien hasta que encaré el problema de la techumbre. ¿De qué servirían las paredes si no había techo? ¿Y con qué podría hacerse? Verdad es que teníamos los remos de reserva, que servirían de vigas, pero ¿con qué lo cubriría? El musgo no servía. La hierba de tundra no daría buenos resultados; la vela nos hacía falta para el bote y el encerado empezaba a agujerearse.

—Winters empleó piel de morsa en su cabaña —dijo ella.

—Aquí hay focas —advertí yo.


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