El Lobo de mar
El Lobo de mar No es de extrañar que la llamáramos Endeavour Island. Durante dos semanas nos afanamos en la construcción de una cabaña. Maud insistió en ayudarme, y la vista de sus manos contusas y ensangrentadas me daba ganas de llorar; y sin embargo, yo me sentÃa orgulloso de ella a causa de esto precisamente. Era verdaderamente heroica la manera con que esta mujer tan distinguida soportaba aquellos terribles sufrimientos y contribuÃa con su esfuerzo a realizar tan ruda labor. Ella recogió muchas de las piedras con que construà las paredes de la cabaña, y cuando me empeñaba yo en que desistiera, se hacia la sorda a mis súplicas. Después tomó a su cargo trabajos más ligeros, tales como guisar y buscar leña y musgo para el invierno.
Las paredes de la cabaña crecÃan sin dificultad y todo fue bien hasta que encaré el problema de la techumbre. ¿De qué servirÃan las paredes si no habÃa techo? ¿Y con qué podrÃa hacerse? Verdad es que tenÃamos los remos de reserva, que servirÃan de vigas, pero ¿con qué lo cubrirÃa? El musgo no servÃa. La hierba de tundra no darÃa buenos resultados; la vela nos hacÃa falta para el bote y el encerado empezaba a agujerearse.
—Winters empleó piel de morsa en su cabaña —dijo ella.
—Aquà hay focas —advertà yo.
