El Lobo de mar

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CAPITULO XXXI

—Esto olerá mal —dije—, pero conservará el calor y nos resguardará de la lluvia y la nieve.

Estábamos examinando la techumbre de piel de foca recién terminada.

Maud batió les manos y declaró que estaba enormemente satisfecha.

—Pero dentro está oscuro —dijo un momento después, encogiendo los hombros con un temblor involuntario.

—Pudo usted haber sugerido la idea de una ventana cuando subían las paredes —repuse—. Puesto que era para usted, debió ver la necesidad de ello.

—Siempre estamos a tiempo para abrir un hueco en la pared.

—Es cierto; no se me había ocurrido —repliqué, moviendo la cabeza con suficiencia—. Pero ¿ha pensado en encargar los cristales para la ventana? Avise a la empresa, y dígales de qué clase y medida convienen.

—Eso quiere decir… —empezó ella.

—Que no hay ventana.


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