El Lobo de mar
El Lobo de mar Todo el dÃa estuvimos esperando que Wolf Larsen bajara a tierra. Fue un perÃodo de intolerable inquietud. Cada momento dirigÃamos al Ghost miradas de angustia, pero él no dio señales de vida, ni siquiera apareció sobre cubierta.
—Quizá tenga dolor de cabeza —dije—. Le dejé tumbado en la toldilla. Probablemente habrá permanecido allà toda la noche. Iré a ver qué le pasa.
Maud me miró con ojos suplicantes.
—No se preocupe —la tranquilicé—. Cogeré los revólveres. Ya sabe que me he apoderado de todas las armas de a bordo.
—¡Pero quedan sus manos, sus terribles manos! —objetó. Y luego exclamó—: ¡Oh, Humphrey, ese hombre me da miedo! ¡No vaya, se lo ruego, no vaya!
Puso su mano en la mÃa como pidiendo protección, y mi pulso latió con más violencia. Tengo la seguridad de que por un momento mi corazón asomó a mis ojos. ¡Oh, dulce mujer querida!
—No voy a correr ningún riesgo —dije—. Sólo atisbaré por la proa.
