El Lobo de mar

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CAPITULO XXXIII

Todo el día estuvimos esperando que Wolf Larsen bajara a tierra. Fue un período de intolerable inquietud. Cada momento dirigíamos al Ghost miradas de angustia, pero él no dio señales de vida, ni siquiera apareció sobre cubierta.

—Quizá tenga dolor de cabeza —dije—. Le dejé tumbado en la toldilla. Probablemente habrá permanecido allí toda la noche. Iré a ver qué le pasa.

Maud me miró con ojos suplicantes.

—No se preocupe —la tranquilicé—. Cogeré los revólveres. Ya sabe que me he apoderado de todas las armas de a bordo.

—¡Pero quedan sus manos, sus terribles manos! —objetó. Y luego exclamó—: ¡Oh, Humphrey, ese hombre me da miedo! ¡No vaya, se lo ruego, no vaya!

Puso su mano en la mía como pidiendo protección, y mi pulso latió con más violencia. Tengo la seguridad de que por un momento mi corazón asomó a mis ojos. ¡Oh, dulce mujer querida!

—No voy a correr ningún riesgo —dije—. Sólo atisbaré por la proa.


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