El Lobo de mar
El Lobo de mar —¡Qué lástima que el Ghost haya perdido los mástiles! Nos podrÃamos haber marchado en él. ¿No le parece, Humphrey?
Me levanté de un salto.
—Es difÃcil, es difÃcil —repetÃa yo paseando de un lado a otro.
Los ojos de Maud me seguÃan brillantes de esperanza. ¡TenÃa tal fe en mÃ! Y este pensamiento me comunicaba nueva energÃa. Recordé la frase de Michelet: «La mujer es para el hombre lo mismo que la tierra para su hijo legendario; con sólo echarse de bruces y besar su seno, vuelve a sentirse fuerte». Por primera vez comprendÃa la admirable verdad de estas palabras; las estaba viviendo. Maud representaba para mà un infalible manantial de fuerza y valor. No tenÃa más que mirarla o pensar en ella, para volver a sentirme fuerte.
—Se podrÃa arreglar —pensaba yo en voz alta—. Lo que hacen los hombres puedo hacerlo yo.
—¿Qué dice? —exclamó Maud—. ¿Qué es eso que podrÃa hacer?
—Pues nada menos que colocar los mástiles en el Ghost y marcharnos.
—¿Pero y el capitán Larsen? —objetó.
—Está ciego e impotente.
—¡Y sus terribles manos! Ya sabe cómo saltó por encima del lazareto.
—Y cómo me escurrà —contesté alegremente.
