El Lobo de mar

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CAPITULO XXXIV

—¡Qué lástima que el Ghost haya perdido los mástiles! Nos podríamos haber marchado en él. ¿No le parece, Humphrey?

Me levanté de un salto.

—Es difícil, es difícil —repetía yo paseando de un lado a otro.

Los ojos de Maud me seguían brillantes de esperanza. ¡Tenía tal fe en mí! Y este pensamiento me comunicaba nueva energía. Recordé la frase de Michelet: «La mujer es para el hombre lo mismo que la tierra para su hijo legendario; con sólo echarse de bruces y besar su seno, vuelve a sentirse fuerte». Por primera vez comprendía la admirable verdad de estas palabras; las estaba viviendo. Maud representaba para mí un infalible manantial de fuerza y valor. No tenía más que mirarla o pensar en ella, para volver a sentirme fuerte.

—Se podría arreglar —pensaba yo en voz alta—. Lo que hacen los hombres puedo hacerlo yo.

—¿Qué dice? —exclamó Maud—. ¿Qué es eso que podría hacer?

—Pues nada menos que colocar los mástiles en el Ghost y marcharnos.

—¿Pero y el capitán Larsen? —objetó.

—Está ciego e impotente.

—¡Y sus terribles manos! Ya sabe cómo saltó por encima del lazareto.

—Y cómo me escurrí —contesté alegremente.


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