El Lobo de mar

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CAPITULO XXXV

Al día siguiente, una vez desembarcados de los mástiles, los soportes y preparado todo, nos dispusimos a subir a bordo los dos masteleros. La cofa mayor, medía más de treinta pies de largo, la cofa de trinquete cerca de treinta, y con éstos pensaba hacer las cizallas. Era un trabajo muy fatigoso. Sujetando el extremo de una gruesa jarcia al molinete y el otro a la parte más ancha de la cofa de trinquete, empecé a dar vueltas. Maud sostenía la cuerda doblada en el molinete y la adujaba.

Nos asombraba la facilidad con que subía el palo. El molinete era de manubrio, muy perfeccionado, y daba un enorme rendimiento.

Pero cuando el extremo de cofa de trinquete estuvo a nivel de la barandilla, todo se detuvo.

—Debí haberlo previsto —dije, impaciente—. Ahora hemos de volver a empezar.

—¿Por qué no sujeta la jarcia más en el centro del mástil? —sugirió Maud.

—Eso es lo que debí haber hecho —respondí, muy disgustado conmigo mismo.

Al cabo de una hora invertida entre trabajar y descansar, había elevado el palo hasta el punto en que ya no podía subir más.


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