El Lobo de mar

El Lobo de mar

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CAPITULO XXXVI

Durante dos días Maud y yo recorrimos el mar y exploramos las playas, en busca de los mástiles perdidos, pero hasta el tercero no los encontramos. Los hallamos todos, las cizallas incluidas, aunque en el lugar más peligroso, al pie del promontorio sudoeste, batido por las olas. ¡Y cómo trabajamos! Regresamos a nuestra pequeña ensenada, cerrada ya la noche, para proseguir en los días sucesivos nuestro desesperado esfuerzo.

Hubo un momento en que, completamente extenuados de fatiga, quise abandonarlo todo; pero Maud se opuso, significándome que era el único medio de libertarnos. De no poder navegar en el Ghost, habríamos de permanecer hasta la muerte en aquella isla desconocida, a la que abordaría nadie.

—Se olvida del bote que hallamos en la playa —le recordé.

—Era un bote de cazadores —replicó—, y demasiado sabe usted que si los hombres se hubieran salvado, hubiesen vuelto para hacerse ricos en este criadero.


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