El Lobo de mar

El Lobo de mar

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CAPITULO XXXIX

Llegó el día de nuestra partida. Ya no había nada que nos retuviese en la isla. Los mástiles recortados del Ghost estaban en su sitio, y las velas, también reducidas, se hinchaban.

Mi obra no era hermosa, pero era segura.

—¡Yo lo he hecho! ¡Yo lo he hecho! —deseaba gritar en voz alta.

Fue Maud quien, adivinando mi pensamiento, exclamó:

—¡Y pensar, Humphrey, que usted lo ha hecho todo con sus propias manos!

—Pero había otras dos —respondí—, muy pequeñas.

Ella se rió, sacudió la cabeza y levantó las manos para mirárselas.

—Nunca más volveré a vérmelas limpias —deploró.

—Ése será su mejor galardón —dije estrechándole las manos, y las hubiese besado de no haberlas retirado ella rápidamente.

Después nos dispusimos a zarpar.

—Por ser el espacio tan reducido, no podremos subir el áncora una vez que haya dejado el fondo —dije—, pues iríamos a chocar contra las rocas.

—¿Y qué hará usted?


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